El "kålpudding" (una especie de pastel de col) tiene una reputación injustamente aburrida. Muchos lo recuerdan como algo grisáceo y aguado de la cafetería escolar, pero hecho desde cero, es dulce, dorado y sabroso. Además, es económico: un kilo de col blanca cuesta casi nada y rinde para mucho.
El secreto está en la col, incluso antes de que se mezcle con la carne picada. La col cruda contiene mucha agua y tiene un sabor fuerte, casi amargo. Si se añade directamente a la carne picada, el pastel queda blando. En su lugar, se debe freír un kilo de col finamente picada en mantequilla durante 20-25 minutos, hasta que el líquido se evapore y los bordes se doren. Utiliza una olla grande, no una sartén: un kilo de col picada ocupa casi cuatro litros antes de encogerse, y en una sartén normal solo se cocinaría al vapor.
El jarabe oscuro sirve para dorar la col, no para endulzar el plato. Se debe añadir solo cuando la col ya esté tierna, de lo contrario, se quemará. La dulzura también ayuda a contrarrestar el amargor.
Ingredientes básicos de la receta: 500 g de carne picada mixta, una cebolla amarilla, un huevo, 100 ml de pan rallado remojado en 100 ml de leche, sal, orégano seco y pimienta. Si se desea una textura más firme, se puede sustituir el pan rallado y la leche por 200 ml de arroz cocido; ambas opciones se encuentran en recetas tradicionales.
Deje que la col se enfríe a temperatura ambiente antes de mezclarla con la carne picada cruda. Pincele la superficie con un poco de jarabe y hornee a 175 grados durante 45-60 minutos. Dado que es carne picada, el centro debe alcanzar los 70 grados, por lo que un termómetro para carne es la forma más segura de asegurarse. Deje reposar durante diez minutos para que los ingredientes se integren.
Los acompañamientos son esenciales: puré de patatas, una salsa sencilla hecha con nata, un poco de harina y un chorrito de salsa de soja, y, sobre todo, arándanos rojos frescos, cuya acidez contrasta con la dulzura del jarabe. Lo mejor de todo es que el "kålpudding" sabe igual de bien recalentado, así que es una buena idea preparar el doble y congelar porciones.
Fuente: Metro Mode.
Como apasionada de la cocina e hija del Sur, siempre he pensado que los platos más bonitos son los que nunca pasan de moda. En 2025 la cocina italiana fue reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO, y me emocionó mucho: es un reconocimiento a los saberes, los gestos y la convivencia que se transmiten de generación en generación.
He reunido en el blog los grandes clásicos que hay que probar al menos una vez, del Norte al Sur. Empezamos por las salsas que saben a hogar: el ragù alla bolognese que se cuece despacio los domingos, la amatriciana, la carbonara cremosa sin nata, el pesto alla genovese y la puttanesca, hecha con ingredientes sencillos y llenos de carácter.
Luego están las pastas frescas y los ñoquis, que para mí son puro amor: lasaña al huevo, ñoquis de patata, cavatelli, culurgiones sardos y los maccheroni al ferretto de mi Sicilia. Cada región guarda sus recetas, a menudo nacidas de la cocina humilde y de no desperdiciar nada, como los passatelli en caldo o la pasta con sardinas e hinojo silvestre.
Lo bonito es que no hace falta ser chef: bastan ingredientes comunes, un poco de paciencia y el aroma que llena la casa. Para mí, cocinar estos platos es como volver a ser niña, en la cocina con mi abuela.
Fuente: GialloZafferano
Ahora que llega el otoño, la calabaza vuelve a aparecer por todas partes en las tiendas. Sandra Waterschoot, de Leuke Recepten, reunió sus 14 recetas favoritas de calabaza el 16 de septiembre de 2026, y me pareció una buena fuente de ideas. Dice que la calabaza es versátil, nutritiva y de larga conservación.
La lista empieza con clásicos como la sopa de calabaza y un curry de calabaza butternut con garam masala, leche de coco y lentejas. Luego se vuelve más variada: un risotto de calabaza asada, de la que parte se tritura; una lasaña de calabaza con espinacas, pimiento y ricotta; y pasta con calabaza asada, nueces y salvia. También suenan deliciosas la calabaza rellena al horno con champiñones y pollo, una quiche de calabaza, espinacas, nueces pecanas y queso de cabra, y una pizza de hojaldre con calabaza y queso de cabra. Para algo inesperado, hay una shakshuka con calabaza y un puré con salvia y queso de cabra.
Sus consejos sobre variedades también son útiles. La butternut es cremosa, tiene un sabor a nuez y es fácil de pelar, y es la favorita de Sandra. La Hokkaido tiene piel comestible y un sabor algo más dulce, la kabocha verde es firme y va bien en currys y guisos, y la gran calabaza naranja de Halloween es comestible pero de sabor más suave.
Para combinar, propone quesos suaves como el de cabra y la feta, hierbas y especias como canela, comino, nuez moscada, salvia, jengibre, laurel y tomillo, frutos secos y semillas, y algo fresco como lima, manzana o yogur. Su propio consejo: guardar la calabaza en cubos en el congelador, lista para usar en sopas, guisos, risottos y salteados. Una buena lista para cerrar la temporada.
Fuente: Leuke Recepten
Cuando llega el otoño me entran ganas de comprar castañas, pero si consigo demasiadas de una vez cuesta acabarlas. En Delish Kitchen hay un artículo que resume cómo guardarlas en la nevera o en el congelador y cómo prepararlas, así que quiero anotar lo esencial. El texto está supervisado por una nutricionista y se publicó el 6 de octubre de 2026.
La idea básica es sencilla: si se van a usar en pocos días, nevera; si no se van a terminar pronto, congelador. En ambos casos, antes de guardarlas hay que retirar las que tengan agujeros y secar bien la superficie. Las castañas con agujeros o pequeñas manchas en la cáscara pueden tener insectos, y las que flotan en el agua también pueden estar en mal estado, así que conviene descartarlas.
El método de nevera tiene tres pasos. Primero, comprobar que no tengan agujeros. Segundo, hervir abundante agua en una olla, echar las castañas, apagar el fuego y dejarlas reposar un minuto antes de escurrirlas. Tercero, dejarlas sobre papel de cocina hasta que se enfríen y se evapore la humedad; luego secar el agua restante, envolverlas en papel de periódico y meterlas en la nevera. El artículo no indica cuántos días duran en la nevera, solo recomienda consumirlas cuanto antes.
Para congelarlas hay que pelar antes la cáscara exterior y la piel interior. Si se congelan crudas, se dejan en remojo unos 5 minutos en agua, se escurren, se secan, se colocan planas en una bolsa para congelador y se saca el aire. Si se congelan después de cocerlas, se hierven a fuego medio durante aproximadamente una hora en agua que las cubra, luego se enfrían, se pelan y se guardan igual. El artículo advierte que las castañas cocidas deben recalentarse antes de comerlas y da como referencia un mes de conservación. Para guardarlas mucho tiempo también se explica cómo espolvorearlas con azúcar o sal para evitar la quemadura por frío.
Como consejo extra, si se congelan con cáscara y luego se sumergen en agua caliente, la cáscara exterior se ablanda y la piel interior se despega con más facilidad. Las castañas peladas hay que ponerlas en agua enseguida para quitarles el amargor. Como siempre me ha parecido que pelarlas es lo más difícil, quiero recordar este truco.
Fuente: Delish Kitchen
Una receta de gözleme de berenjena actualizada en septiembre de 2026 en Nefis Yemek Tarifleri llamó mi atención. La compartió una usuaria llamada mutfaktutkunu0. Es para 4 a 6 personas, tarda unos 35 minutos en preparar y 25 en cocinar, y se hace en un sač, la plancha turca de superficie abombada.
El relleno necesita 3 berenjenas grandes, 1 cebolla grande, 1 diente de ajo, 3 pimientos verdes y 2 pimientos kapya. En media taza de aceite de oliva se doran la cebolla, el ajo y los pimientos; luego se añaden las berenjenas en cubos y se cocinan tapadas hasta que estén tiernas. Se sazona con sal, pimentón, copos de chile y pimienta negra, se retira del fuego y se deja enfriar en otro recipiente. Este detalle me parece importante: con el relleno caliente la masa se rompe al estirarla, así que enfriarlo es el truco.
Para la masa bastan 4 tazas de harina, 1 cucharadita de sal y agua tibia suficiente para lograr una masa de textura media. Se deja reposar 15 minutos y se divide en porciones del tamaño de una mandarina. Cada una se estira fina, se pone el relleno en el centro, se humedecen los bordes, se cierran y se recorta el exceso de masa. Se cocinan por ambos lados en el sač y se sirven untadas con mantequilla.
La lista de ingredientes es corta, pero el resultado parece un clásico de la mesa familiar. Es una buena idea para probar al final de la temporada de berenjenas, y a mí me gustó especialmente el toque final de mantequilla.
Fuente: Nefis Yemek Tarifleri
Freír es una técnica familiar, pero no siempre sale bien. Leí un artículo de VnExpress, un resumen de Nhật Minh basado en una información de ABC.net.au, que recoge las opiniones de Tom Milligan, director técnico de la escuela de cocina Le Cordon Bleu en Australia. Encontré muchos puntos que vale la pena anotar.
Primero, las cuatro formas de freír. El salteado en sartén usa poco aceite y se da la vuelta a la comida para que se cocine por ambos lados; va bien con bistec, pechuga de pollo y salchichas. El salteado wok consiste en remover sin parar, normalmente durante unos 5 a 10 minutos, y si se alarga demasiado, los ingredientes quedan blandos. La fritura con poco aceite cubre solo la base de los alimentos, para conseguir una capa crujiente en los empanados o rebozados. La fritura profunda sumerge por completo la comida en aceite caliente y es ideal para rebozados y patatas fritas.
Después, cinco consejos clave. Uno: calienta la sartén antes de añadir el aceite y echa los ingredientes solo cuando el aceite esté caliente; si no, la comida absorberá aceite y quedará blanda. Dos: no añadas demasiada cantidad de golpe, porque la temperatura baja y la humedad que suelta hace que la comida se cueza al vapor en lugar de freírse. Tres: añade las hierbas aromáticas, la cebolla o el ajo al final, cuando el plato esté a pocos minutos de terminar, para que no se quemen. Cuatro: aprovecha el calor residual. Cuando la comida esté casi lista, retira la sartén del fuego y deja que el calor restante termine la cocción. En los platos salteados, un chorrito de zumo de limón al final va muy bien, y la carne debe reposar fuera de la sartén al menos 2 o 3 minutos antes de servir. Cinco: fíjate en el color y el aroma. Un buen fritura muestra tres tonos: dorado claro, dorado intenso y marrón oscuro donde toca más la sartén, y un aroma parecido a la castaña indica que se ha alcanzado el dorado deseado.
El artículo no indica una temperatura concreta del aceite, así que me guiaré por el color y el aroma, como sugiere. Lo que más recuerdo es la paciencia: calentar bien la sartén y no tener prisa por añadir más comida.
Fuente: VnExpress
Deb Perelman, de Smitten Kitchen, empieza su última receta quejándose de las especias de calabaza y la decoración de Halloween que aparecen a principios de septiembre, cuando todavía hace calor. Su respuesta es aferrarse a los tomates de verano todo el tiempo posible, y el resultado es un risotto de tomate que me resultó atractivo aunque solo lo leí.
La idea nació de sus tomates rellenos de arroz. Quería que el relleno de arroz fuera un plato independiente, así que rallo unos 900 g de tomates de carne maduros hasta obtener la pulpa y construye el risotto sobre ella, con cebolla, ajo y vino blanco. Se cocina con agua en lugar de caldo, no hay que remover sin parar y no lleva mucha mantequilla ni queso.
El método es sencillo. Fríe una cebolla roja en rodajas en aceite de oliva hasta que esté bien dorada y crujiente, aparta la mitad sobre papel de cocina y en la olla rehoga el ajo con el resto de la cebolla. Tuesta una taza de arroz arborio, carnaroli o de sushi, desglasa con un tercio de taza de vino aproximadamente, y añade la pulpa de tomate y unas 2 tazas de agua. Tapa la olla y hornea a 175 °C (350 °F) durante 25 a 30 minutos. Al final remueve un par de minutos hasta que quede cremoso, añade mantequilla o aceite de oliva y sirve con parmesano, albahaca rasgada y las cebollas reservadas, que ella propone como alternativa crujiente al tocino o al prosciutto.
Rinde cuatro porciones y tarda unos 50 minutos. Según sus notas, un pasapuré puede sustituir al rallador, y la receta es vegana si se omiten la mantequilla y el queso. Lo que más me atrae es hornearlo en lugar de remover, porque libera tiempo al cocinero en una noche ajetreada.
Fuente: Smitten Kitchen
Con la llegada del otoño, la calabaza vuelve a mi lista de la compra, y hoy me ha llamado la atención una receta de Directo al Paladar que cambia un ingrediente clásico. Su autora, Liliana Fuchs, cuenta que su crema de calabaza favorita ya no lleva patata gracias a una verdura que sigue siendo una gran desconocida en España: el colinabo.
El colinabo, también llamado nabicol, colirrábano o kohlrabi, es una crucífera, de la misma familia que la coliflor, las coles o el brócoli. Está en su mejor momento en otoño, justo la misma época que la calabaza, por lo que combinarlos tiene sentido de temporada. Según el artículo, aporta menos hidratos de carbono que la patata, es más ligero y tiene más vitamina C, minerales y fibra.
Los ingredientes que menciona son calabaza, colinabo, cebolla o puerro y, si se quiere, jengibre. Se pueden añadir otras especias, cilantro, nuez moscada o ajo, según el gusto. El texto no da cantidades ni pasos detallados, así que cada uno puede ajustar a su manera. Lo que sí deja claro es que la crema resulta saciante, reconfortante y ligera, y que sirve tanto como primer plato como para cenar.
Para servir, la autora no usa lácteos en su versión, aunque sugiere algunas opciones: nata líquida, yogur natural, queso fresco o queso de cabra. Y propone acompañarla con algo crujiente, como picatostes o crackers de semillas, para darle contraste de textura.
Me gusta la idea de usar productos de temporada que a veces pasan desapercibidos en el mercado. La próxima vez que vea un colinabo en la verdulería, creo que lo llevaré a casa para probar esta combinación.
Fuente: Directo al Paladar
Mucha gente se queja de que el pollo sabe soso por mucho que lo sazone. Leí un artículo de Mohamed Salah en Al Jazeera Net que explica las causas y propone seis pasos prácticos, y quiero resumirlo aquí.
El artículo empieza señalando que la pechuga de pollo sin hueso ni piel es el corte más demandado del mundo a pesar de su precio, gracias a campañas de marketing de los años ochenta que la presentaban como una opción sana y sin grasa. La causa más profunda es la cría intensiva. Las razas modernas se crían en espacios reducidos y reciben piensos diseñados para crecer al máximo en pocas semanas. Así, la grasa intramuscular, que transporta buena parte del sabor, disminuye, mientras aumenta el contenido de agua, por lo que la carne queda aguada y suelta mucho líquido al cocinarse.
El artículo recomienda muslos, alas y contramuslos, que son más baratos, tienen más sabor y se mantienen jugosos con cualquier método de cocción. Los seis pasos son estos. Primero, elegir pollo de crianza tradicional, preferiblemente criado en pasto, y cocinar las piezas con hueso y piel. Segundo, sazonar con generosidad antes de tiempo con sal, pimienta negra, ajo, pimentón ahumado, jengibre, yogur, aceite de oliva, zumo de limón y tomillo. Tercero, marinar en la nevera entre 30 minutos y 3 horas con un adobo ácido. Cuarto, salar antes de cocinar; la sal ayuda a retener la humedad, y espolvorear especias después de la cocción no logra el mismo efecto. Quinto, añadir grasa, como aceite de oliva, yogur natural entero, tahini integral o una nuez de mantequilla. Sexto, elegir bien el método: hervir o cocer al vapor reduce el sabor, así que es mejor dorar, cocinar hasta una temperatura interna de unos 75 grados y dejar reposar un momento.
Si un plato sale soso, el artículo sugiere salvarlo con una salsa o caldo intenso, desmenuzarlo en un curri o un tajín, mezclarlo con pesto o añadirlo a una pasta cremosa o a unos tacos. Me gustó el consejo porque es sencillo y no requiere equipo especial.
Fuente: Al Jazeera Net
El batagor, un aperitivo de Bandung cuyo nombre significa «albóndigas de pescado y tofu fritas», acaba de recibir una buena noticia. Según detikFood, TasteAtlas 2026 lo ha colocado en el segundo puesto de su lista Top 100 de platos fritos del mundo 2026, con una puntuación de 4,4 sobre 5. Como me encantan las frituras, quise anotar la receta después de leer la noticia.
La receta es de la autora Yenny Mustika Sari. Es para 2 raciones y de dificultad fácil. La masa necesita 200 g de harina de tapioca, 150 g de harina de trigo, 1 pastilla de tofu blanco cortada en cubos, 1 yema de huevo, un poco de caldo en polvo y 2 tallos de cebolla tierna cortados finos. Para el aderezo molido hacen falta 4 chalotas, 2 dientes de ajo, media cucharadita de pimienta blanca en polvo, y sal y azúcar al gusto.
Para la salsa de cacahuete, primero se fríen 3 guindillas rojas, 2 dientes de ajo y un puñado de cacahuetes. Después se muelen con 1 cucharada de azúcar de palma, sal, azúcar y un poco de agua.
Para prepararla, remoja el tofu en agua con sal durante 5 minutos. Muele bien el aderezo y mézclalo con la harina de trigo, la de tapioca, la cebolla tierna y la yema. Ve añadiendo agua poco a poco y remueve hasta que la masa espese y quede ligeramente pegajosa. Calienta el aceite a fuego medio, reboza el tofu con la masa, fríelo hasta que esté dorado y bien hecho por dentro, y escúrrelo. Sírvelo con la salsa de cacahuete, salsa de soja dulce y sambal.
El artículo también da un consejo práctico: la masa puede hacerse sin pescado para simplificar. Me parece ideal para cocinar en casa, y pienso probarla este fin de semana, sobre todo quienes viven lejos de Bandung y echan de menos este aperitivo.
Fuente: detikFood
China News Service ha reproducido recientemente un aviso de conservación de la emisora nacional de emergencias sobre no lavar los huevos antes de guardarlos. El motivo fue el caso de una familia de tres personas en Shenyang, en la provincia de Liaoning, que enfermó colectivamente tras comer huevos revueltos. Según la investigación, la causa fue haber consumido huevos en mal estado, y el deterioro se debía a que se habían lavado antes de guardarlos. El artículo recurre a la explicación de Sun Jing, investigadora de la Academia de Ciencias Agrícolas de Hubei.
El principio no es complicado. La cáscara del huevo tiene una capa protectora gelatinosa y soluble en agua que impide la entrada de bacterias y mohos y reduce la pérdida de humedad. Al lavarlos o remojarlos, esa capa se destruye y microorganismos como la salmonela pueden penetrar en el huevo. Además, en el frigorífico se estropean mucho más deprisa. Si ya los has lavado sin querer, cocínalos cuanto antes o refrigéralos y consúmelos en un plazo de tres días.
¿Qué hacer si la cáscara está sucia? Los expertos recomiendan limpiar la suciedad superficial con un paño o un papel de cocina secos. Si hay mucho excremento o sangre, es probable que el huevo no esté fresco en origen, así que conviene evitar comprarlos. Al elegir, es mejor optar por marcas conocidas en supermercados de confianza, y cuanto más reciente sea la fecha de producción, mejor. Para los huevos sueltos sin fecha hay dos comprobaciones sencillas. Tócalos: si la cáscara resulta demasiado lisa, la capa protectora ha desaparecido casi por completo y la frescura ha bajado. Agítalos junto al oído: un huevo fresco apenas hace ruido, mientras que uno más viejo, cuya clara se ha adelgazado y cuya yema se ha desplazado, produce un sonido de chapoteo.
Hay también algunos puntos clave para guardarlos. No los congeles, porque la yema se cuajará y la cáscara podría romperse. No los mezcles con otros alimentos: la cáscara arrastra muchos patógenos y suciedad, así que es mejor separarlos antes de meterlos en el frigorífico para evitar la contaminación cruzada. Colócalos con el extremo ancho hacia arriba, para que la cámara de aire quede arriba y se reduzca el riesgo de que la yema se pegue a la cáscara y se deteriore. En el compartimento de conservación de la nevera, a entre 0 y 4 grados, los huevos frescos normales pueden durar uno o dos meses.
Lo más práctico de este artículo, a mi parecer, es que explica el porqué de costumbres que damos por hechas. Cuando los huevos se ven sucios, apetece lavarlos, pero precisamente ese es el paso que más problemas suele causar. La próxima vez que vayas a guardar huevos en la nevera, acuérdate de esta idea: nunca laves la cáscara antes de guardarlos.
Fuente: China News Service
En cuanto las noches empiezan a refrescar, vuelvo a sacar la cazuela de hierro fundido. Esta semana seguí una versión estupenda de bœuf bourguignon publicada a principios de octubre: aguja y babilla de ternera, pinot noir de Borgoña, panceta ahumada en taquitos y champiñones dorados en mantequilla.
El secreto no está en la dificultad, sino en la paciencia. Marinada de 12 a 24 horas con zanahorias, una cebolla con clavos de olor, ajo y un bouquet garni. Al día siguiente se escurre bien la carne (si no, se cuece en lugar de dorarse), se sofríe la panceta, se marcan los dados a fuego fuerte, se espolvorean con harina, se vierte la marinada colada y se deja guisar tres horas a 150 °C.
Lo que me convenció: el dúo aguja (melosa) / babilla (firme), y la idea de no cocinar nunca con un vino que no te beberías. Los champiñones se hacen aparte, bien dorados, y se incorporan a la cazuela solo al final de la cocción. Quince minutos de reposo fuera del fuego y la salsa espesa sola.
Lo sirvo con un puré con mantequilla semisalada o con tagliatelle frescos. Y sí, al día siguiente está todavía mejor. Si buscáis un plato de otoño que sepa de verdad a Borgoña, este merece la espera.
Fuente: Délice et Gastronomie