Viajes y vida en el extranjero
Nagoro, el pueblo japonés con más espantapájaros que habitantes
En las montañas de la prefectura de Tokushima, en la isla de Shikoku, hay un pueblo que desde lejos parece un paisaje rural cualquiera: niños reunidos en el salón de la escuela, madres cuidando sus jardines, personas mayores esperando el autobús. De cerca, se descubre que todos son muñecos. Es Nagoro, el lugar que VnExpress presentó en su sección de viajes el 9 de octubre de 2026.
El pueblo se conoce como “el pueblo de los espantapájaros” porque tiene más de ellos que vecinos. Hoy quedan unas 30 personas, mientras que hay unas 350 figuras de tela, de distintos tamaños, que representan a adultos y niños haciendo sus tareas diarias, como trabajar en los arrozales o charlar junto al pozo. La causa es la migración a las ciudades y el envejecimiento de la población. La escuela primaria cerró por falta de alumnos, y ahora los muñecos se sientan en los pupitres.
La historia comenzó hace unos 30 años, cuando la vecina Tsukimi Ayano hizo un espantapájaros para el arrozal de su familia y usó la ropa de su padre en lugar de paja. Como las figuras solían confundirse con personas de verdad, hizo más, con distintos atuendos y posturas, y otros vecinos se sumaron. Según la Organización de Turismo de Shikoku, cada figura está registrada con un nombre, una personalidad y su propia historia. Tsukimi comenta: “Hacer muñecos era mi afición. Nunca imaginé que mi afición terminaría así”.
Nagoro tiene más de 1.000 reseñas en Google. Muchos visitantes lo consideran un destino único, mientras que otros encuentran el espacio silencioso algo inquietante, sobre todo los días de lluvia. Cerca están el puente de lianas doble de Oku-Iya, el monte Tsurugi, de más de 1.900 m, la garganta de Oboke y el antiguo pueblo de Ochiai.
Personalmente, creo que es una forma muy especial de mirar el hecho de que el campo japonés se va vaciando poco a poco.
Fuente: VnExpress
El pueblo se conoce como “el pueblo de los espantapájaros” porque tiene más de ellos que vecinos. Hoy quedan unas 30 personas, mientras que hay unas 350 figuras de tela, de distintos tamaños, que representan a adultos y niños haciendo sus tareas diarias, como trabajar en los arrozales o charlar junto al pozo. La causa es la migración a las ciudades y el envejecimiento de la población. La escuela primaria cerró por falta de alumnos, y ahora los muñecos se sientan en los pupitres.
La historia comenzó hace unos 30 años, cuando la vecina Tsukimi Ayano hizo un espantapájaros para el arrozal de su familia y usó la ropa de su padre en lugar de paja. Como las figuras solían confundirse con personas de verdad, hizo más, con distintos atuendos y posturas, y otros vecinos se sumaron. Según la Organización de Turismo de Shikoku, cada figura está registrada con un nombre, una personalidad y su propia historia. Tsukimi comenta: “Hacer muñecos era mi afición. Nunca imaginé que mi afición terminaría así”.
Nagoro tiene más de 1.000 reseñas en Google. Muchos visitantes lo consideran un destino único, mientras que otros encuentran el espacio silencioso algo inquietante, sobre todo los días de lluvia. Cerca están el puente de lianas doble de Oku-Iya, el monte Tsurugi, de más de 1.900 m, la garganta de Oboke y el antiguo pueblo de Ochiai.
Personalmente, creo que es una forma muy especial de mirar el hecho de que el campo japonés se va vaciando poco a poco.
Fuente: VnExpress
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